Lurqa islámica
La presencia de la civilización
islámica en las tierras
de Lorca caracteriza un
periodo de casi mil años.
En el año 713 d.C., el emir Abd
al-Aziz firmó con Teodomiro, conde
visigodo que gobernaba en el sureste de
la Península, un tratado por el que
los cristianos de esta zona, llamados a
partir de entonces mozárabes,
conservarían su situación
mediante el pago de determinadas mercancías
y dinero. Se entregaron además al
gobernador musulmán siete ciudades
-entre las que se encontraba Lorca- y se
creó la kura de Tudmir
como unidad territorial que comprendía
una amplia zona desde Alicante a Lorca.
Mozárabes: cristianos
en territorio musulmán.
A partir de entonces, Lorca se
transformó en un foco musulmán,
aunque es probable que permaneciesen algunos
mozárabes y judíos. La llegada
de los musulmanes se produjo en dos oleadas;
en primer lugar, el grupo militar para ocupar
la ciudad y controlar la zona y, en segundo
lugar, una continuada afluencia ocupando
la mayor parte de las tierras. Para su establecimiento,
eligieron poblados en alto y de
difícil acceso, desde donde
controlaban extensos territorios y las vías
principales de comunicación, como
Ugéjar, Peña María
(en el camino hacia Granada), El Castillico,
El Castellón (dominando el valle
del río Vélez), o el Cerro
de las Viñas en Coy
Desde el inicio del asentamiento islámico
en Tudmir, Lorca se convirtió en
su capital por su situación estratégica
en la zona de paso hacia el sur desde el
Levante. A comienzos del siglo IX, debido
a los problemas de enfrentamientos internos
y a los levantiscos habitantes de la región,
el emir de Córdoba creó un
nuevo enclave militar, Murcia, que se convirtió
en la nueva capital de la provincia o Kura.
Pero durante la última mitad del
siglo IX se producen sublevaciones en muchos
lugares de al-Andalus, hasta que, en el
924, la kura de Tudmir se incluye en el
Califato de Córdoba.
A lo largo del s. X y XI Lorca
adopta un perfil completo de ciudad islámica,
gracias al dinamismo social y económico:
una amplia alcazaba en la meseta que corona
la ciudad y un barrio de los grupos sociales
más pudientes; la madina (conjunto
de la mezquita mayor y los zocos o mercados)
en las laderas que bajan al río (se
situaba en las inmediaciones de los actuales
barrios de Santa María y San Juan)
y al pie de ésta se desarrollarían
los arrabales, barrios artesanales y cementerios.
Hacia la vega se encontraban una serie de
granjas o huertos dispersos –almunias-.La
mayor parte de los habitantes de la madina
eran agricultores, artesanos y comerciantes.
Se cultivaba cereal, olivo, vid y frutales
diversos, mientras que la ganadería
era complementaria, destacando el ganado
caballar y asnar, aunque la cabra y la oveja
también estaban muy extendidas. La
minería se reducía a explotaciones
de hierro, y minerales preciosos, como la
plata, o de piedras semipreciosas (lapislázuli
y cristal de roca).
Los musulmanes agrupaban los comercios
de similar actividad en calles o en pequeños
barrios, convirtiendo los zocos en específicos;
en la madina de Lorca existía un
zoco de especias y también
un zoco de perfumes y otro de tejidos.
A principios del s. XI, el Califato de
Córdoba se sumió en una serie
de luchas internas que desembocaron en su
desintegración y la formación
de diversos reinos independientes musulmanes,
taifas.
Además de estos enfrentamientos,
existía la presión de los
reinos cristianos del Norte y las invasiones
de al-Andalus por parte de los almorávides
y los almohades del Norte de África,
durante los siglos XI-XIII.
A partir de este momento, Lorca
estuvo vinculada a las taifas de Almería
y Valencia y posteriormente se
instauró una taifa independiente,
que se extendía por Lorca, Jaén
y Baza y que acabó bajo el rey al-Mutamid
de Sevilla.
En Lorca no se produjeron grandes resistencias
ni enfrentamientos a las diferentes ocupaciones
militares, ya que el poder se mantuvo en
el grupo social dominante, pero a pesar
de ello se fortificó el complejo
urbano. La expansión
del sistema de irrigación en la huerta
lorquina y en su zona de influencia
llevó a una regulación de
la actividad con un régimen de turnos
–tandas-
regidas por una institución que vigilaba
su funcionamiento.
En 1091, al-Andalus pasó a manos
de los almorávides y se produce la
caída de Aledo en manos musulmanas.
A partir de ahora, el modelo de
núcleo rural que precisaba
de un recinto defensivo se impuso en el
campo circundante a la ciudad: un castillo
-hisn-
encumbrando un núcleo habitado entorno
a un nacimiento de agua, habitualmente con
un circuito murado - albacara-
que servía para encerrar al ganado
en caso de amenaza. Aguaderas, Ugíjar,
Felí o Calentín son algunos
de los enclaves permanentes.
A principios del s. XII se produjeron sublevaciones
y luchas civiles en al-Andalus, hasta que
el 1145 el rey de la taifa de Zaragoza conquistó
la zona de Tudmir y posteriormente, Ibn
Mardanix fundó el reino independiente
de Murcia que se convirtió
en el núcleo cultural de
al-Andalus. Se enfrentó
a los almohades con la colaboración
de diversos reyes cristianos, hasta su caída
en 1171.
Las tareas de fortificación
se multiplicaron. La madina y sus
arrabales fueron amurallados. Dos tipos
de torres de diferente tamaño jalonaban
el trazado, de los que hoy podemos ver algunas
insertas en el trazado urbano. El arrabal,
extendido por la zona entre la Cava y plaza
de España y la Corredera, también
se amuralló. Las explotaciones en
la vega lorquina se favorecieron por diversas
obras hidráulicas, tanto de presas
de derivación como de embalse y encauzamientos.
La mayoría de los castillos
medievales de Lorca son de origen islámico
y pudieron funcionar como unidades territoriales
desde el s. XI d.C. Servían de protección
a los núcleos colindantes y configuraban
una red defensiva de la ciudad. Cada uno
de estos husun
o castillos tenía en las tierras
colindantes una o varias alquerías,
situadas entorno a una fuente o a un curso
hídrico, donde vivían los
campesinos y pastores. Puentes, en la confluencia
del Vélez y del Luchena; Chuecos,
Tébar, Ugéjar o Calentín
en la sierra prelitoral o Felí, Nogalte
y Aguaderas en el valle que comunica Almería
y Murcia. En concreto, Felí, Tébar
y Chuecos constituían la vía
de comunicación entre Lorca y su
puerto, Águilas. El entramado se
completaba con pequeñas torres aisladas,
cuya función básica era la
de vigilancia de rutas, casos de la Torrecilla
y Mena.