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cuadro ELIOCROCA ROMANA

 

 

 

 

Eliocroca romana

Los romanos comenzaron la conquista de Hispania tras derrotar a los cartagineses, con la colaboración de las tribus indígenas. El territorio de la península ibérica se partió en dos circunscripciones: la Hispania Citerior, al norte, y la Ulterior, al sur. Lorca quedó integrada dentro de la provincia Citerior, recibiendo paulatinamente la fuerte influencia de la romanización que llegaba desde el puerto de Carthago Nova, a partir de su conquista el 209 a.C.

La colonización romana fue transformando los núcleos de población de Lorca. En la segunda mitad del siglo I a.C. comenzaron a aparecer las primeras villas romanas y la Lorca ibérica se convirtió en la Eliocroca mencionada en el Itinerario de Antonino y en el Concilio de Elvira, como parte de la Vía Augusta. Su estratégica posición de tránsito entre rutas comerciales potenció el florecimiento de la ciudad que, a finales del imperio, contaba con una rica sociedad multicultural.

La explotación de la vega del Guadalentín continuará tras la conquista romana. Los antiguos puntos ibéricos no se abandonaron como es el caso de la villa de la Torre de Sancho Manuel (Cazalla) o el carril de Caldereros. El proceso de romanización potenciará la creación de villae distribuidas por la comarca, en las áreas con importantes recursos naturales, y próximas a las principales vías de comunicación: Los Arrieros, La Balsica, Villa de Gales, Los Villares (Zarcilla de Ramos), Los Cantos, etc. El mejor ejemplo en Lorca de este tipo de casas emplazadas en el campo se ha constatado en la Quintilla.

Villa, pl. villae. Casa romana situada en el campo que sirvió como centro de explotación del territorio.

La reforma administrativa de Diocleciano convierte a Lorca en la capital de la nueva provincia Carthaginiense. El control ejercido desde esta ciudad hacia el interior del territorio incidió en la potenciación y reforma de las vías de comunicación y de los principales núcleos de población vinculados a ellas.

A lo largo de los siglos II y I a.C., Lorca alcanzó un gran auge al estar situada en las inmediaciones de la Vía Augusta y todo ello debió repercutir en una monumentalización urbana.

A partir del siglo I d.C. los habitantes del núcleo urbano conviven con la población de las villae y otros enclaves distribuidos por el valle del Guadalentín, dedicados a la agricultura y la ganadería. A partir del siglo II d.C. el poblamiento rural alcanza una gran estabilidad con más de 40 villas distribuidas por el actual término municipal, como la villa de El Villar de Coy.

A partir del s. III d.C. Eliocroca volvería a poblarse con las gentes llegadas del medio rural en busca de protección y se configuró como un importante núcleo urbano entorno al Cerro del Castillo durante los siglos IV al VII d.C.

El poblamiento tardorromano distribuido por la comarca fue eminentemente rural, distinguiéndose dos tipos de enclaves: la típica villa rural de tradición altoimperial y los poblados en altura.

La villa fue el centro de explotación de un terreno, disponiendo junto a la vivienda lugares para el almacenamiento del grano, prensas, balsas para la extracción del aceite y una serie de estructuras para la explotación agrícola y ganadera.

Los emplazamientos en altura con mayores garantías defensivas, mantienen una estratégica situación de control de un extenso territorio, pero se alejan de las vías de comunicación.

La explotación de cereales, vino y aceite destacó entre los cultivos practicados en esta comarca.

Los enterramientos se realizaban en necrópolis situadas cerca de las villas y centros de explotación, junto a emplazamientos pedregosos y estériles. El tipo de enterramiento practicado por los primeros romanos fue la incineración y sus restos eran introducidos en una urna junto a la que se depositaban otros objetos. Sobre las tumbas colocaban lápidas sepulcrales. A partir del s. III d.C. el rito de la inhumación se generalizó, debido a la influencia del judaísmo y cristianismo. El cadáver se introducía en un cofre y se depositaba en una fosa y se cubría con tierra.

Junto a los difuntos se colocaban vasijas de terra sigillata o cerámica común (jarras, pequeños cuencos, vasos y tazas), lucernas, recipientes de vidrio y una moneda (para pagar el pasaje en la barca de Charon).

Charón. En época romana se continuó la costumbre griega de depositar una moneda en la boca del difunto, como precio del pasaje en la barca de Charón, el marino de los infiernos.

Para interrelacionar las distintas provincias hispanas, los romanos trazaron una red de calzadas de norte a sur por el levante, por el centro y por el oeste. La construcción de estas calzadas empezó en el año 206 a.C. No se trataba de carreteras formales, sino de meras veredas o caminos angostos.

Las dos más importantes fueron la Vía Augusta y la Vía de la Plata. La Vía Augusta unía Roma con Tarraco (Tarragona), Carthago Nova (Cartagena) y Gadir (Cádiz). En el término municipal de Lorca han aparecido cuatro miliarios en distintos puntos de la Vía Augusta (El Hinojar, Baldazos, Lorca y La Parroquia).

En las márgenes de las vías terrestres romanas se situaba cada cierta distancia una columna miliaria de piedra, también llamada miliario, que solía llevar una inscripción con el nombre del emperador y la distancia que la separaba de otro miliario o de un núcleo de población.

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